Laboratorio del Futuro
Dr. Ricardo Petrissans Aguilar
Lisa trabajaba en el sector de subcontratación en Filipinas. Durante ocho meses, se dedicó a entrenar sistemas de inteligencia artificial. Enseñaba a los modelos a reconocer patrones, a clasificar información, a mejorar sus respuestas. «Puedo decir que soy capaz de hacer mi trabajo, cumplo los plazos», dice. Pero cuando su contrato estaba a punto de hacerse permanente, fue despedida. «Siento que cavé mi propia tumba», dice. «Nosotras fuimos las que entrenamos a la inteligencia artificial que nos reemplazó».
La historia de Lisa no es única. Es el rostro humano de una transformación que las cifras agregadas ocultan. Goldman Sachs estimó que la IA podría desplazar a aproximadamente 15 millones de trabajadores estadounidenses en la próxima década, alrededor del 9% de la fuerza laboral. Su impacto actual equivale a una reducción de entre 10.000 y 15.000 empleos en el crecimiento mensual del empleo, concentrado en tecnología, consultoría de gestión y diseño gráfico.
Pero las cifras agregadas —«15 millones de trabajadores tendrán que reinventarse»— ocultan la experiencia cotidiana. Un estudio de la Asociación Económica Americana revela un patrón perverso: los trabajadores desplazados por IA son más móviles, pero 5,2 veces más propensos a moverse hacia otra ocupación en declive que hacia una en crecimiento. Cerca del 70% experimenta movilidad descendente o lateral. La reestructuración impulsada por IA «afianza la desventaja en lugar de habilitar la movilidad ascendente».
Los datos de la Reserva Federal de Atlanta matizan el panorama: las empresas reportaron un impacto «insignificante» de la IA en el empleo durante 2025, y el impacto promedio esperado para 2026 también es cercano a cero. Pero hay un subgrupo —las grandes empresas— que espera reducir empleo en un 0,8% en 2026 como resultado de la IA. Esa cifra, aplicada a las mayores corporaciones del mundo, equivale a cientos de miles de puestos de trabajo.
Goldman Sachs sostiene que su escenario central no es un «apocalipsis laboral», sino una transición compleja. Según Joseph Briggs, economista sénior de Goldman Sachs Research, «seguimos hablando de un impacto bastante localizado y todavía no estamos viendo un efecto importante sobre la economía en su conjunto». Sin embargo, Briggs cree que la situación cambiará a medida que la adopción de la tecnología se generalice. Una implantación completa de esta tecnología elevaría la productividad un 15%, lo que según sus estimaciones generaría nuevas oportunidades.
El problema es que la transición no será uniforme. Los trabajadores desplazados no son un colectivo homogéneo. Hay abogados despedidos que ahora entrenan a la IA para hacer su antiguo trabajo. Hay doctores en historia que compiten con modelos que generan ensayos en segundos. Hay programadores de 52 años que se reconvierten en repartidores. «Mi trabajo se ha ido por ChatGPT, y me invitaban a entrenar al modelo para que hiciera la peor versión imaginable de él», dice una de las afectadas.
Las propuestas —impuesto al robot, renta básica universal— se debaten en parlamentos de todo el mundo. El programa AI Commons, por ejemplo, ofrece estipendios mensuales y reconversión profesional a trabajadores desplazados por IA. Pero ninguna de estas iniciativas ha escalado a la magnitud del problema. Y mientras tanto, la brecha entre los que poseen y controlan la IA y los que son desplazados por ella se ensancha cada día.




