El CEO de OpenAI subió al escenario de la mayor gestora de fondos del mundo y dijo algo que debería helarnos la sangre: la inteligencia artificial está cambiando el capitalismo. No lo dijo como una advertencia. Lo dijo como un hecho consumado, con la misma naturalidad con que un conquistador anuncia que el territorio ya es suyo.
I. El Escenario y el Predicador
Hay lugares que no son neutrales. La cumbre de infraestructura de BlackRock es uno de ellos. No es una conferencia académica, no es un foro de debate, no es un espacio donde se exploran ideas con la libertad que da la ignorancia de las consecuencias. Es, en cambio, el salón de trono del capital financiero global. BlackRock administra más de diez billones de dólares. Diez billones. Esa cifra no se entiende como se entienden las cifras de la vida cotidiana. Es una abstracción que, sin embargo, decide qué se construye, qué se abandona, qué empresas viven y cuáles mueren.
Allí, en ese escenario, Sam Altman no fue invitado como un técnico que explica una herramienta. Fue invitado como un profeta que trae un evangelio. Y el evangelio, como todo evangelio, tiene una estructura inconfundible: promete salvación, exige sacrificios, y coloca a sus sacerdotes en un lugar desde el cual no se puede discutir.
Lo que Altman dijo en BlackRock no es un análisis económico. Es un manifiesto. Y como todo manifiesto que se precie, tiene una belleza engañosa: la belleza de las ideas simples que prometen resolver problemas complejos con un solo movimiento de mano. Escasez a abundancia. Trabajo a supervisión. Capital a servicio público. Suenan bien. Demasiado bien.
Pero aquí, vamos a leer entre líneas. Vamos a preguntarnos quién habla, desde dónde habla, a quién habla, y —sobre todo— qué se calla.
II. El Fin de la Escasez: Una Promesa con Trampa
La idea central del discurso de Altman es tan antigua como la utopía: la tecnología nos liberará de la escasez. Durante milenios, dice, la humanidad organizó sus sociedades alrededor de la limitación de los recursos. Ahora, la inteligencia artificial —esa capacidad de producir pensamiento de manera masiva y barata— rompe ese paradigma. Entramos en la era de la abundancia.
Es una idea hermosa. También es una idea que hemos escuchado antes. La revolución industrial prometió abundancia y trajo esclavitud fabril, jornadas de dieciséis horas, niños con las manos mutiladas por las máquinas. La era de la informática prometió democratizar el conocimiento y trajo monopolios que saben más de nosotros que nosotros mismos. Cada gran salto tecnológico ha sido presentado como la puerta de salida de la escasez. Y cada vez, la escasez se ha reconfigurado, se ha movido de lugar, pero no ha desaparecido.
Porque la escasez no es solo física. Es también política. La escasez es el mecanismo mediante el cual se distribuye el poder. Cuando Altman dice que la inteligencia se volverá «demasiado barata para medirla», está describiendo un mundo donde el acceso a la capacidad cognitiva será universal. Pero ¿quién controla los centros de datos? ¿Quién decide qué se entrena y qué se omite? ¿Quién establece los límites de esa inteligencia que se ofrece como agua?
El agua, para usar su propia metáfora, no es un servicio público neutral. El agua se privatiza, se contamina, se raciona. El agua es, en muchas partes del mundo, un campo de batalla. Convertir la inteligencia en un servicio público no es garantía de democratización; es, en todo caso, una invitación a preguntarnos quién será la empresa de agua, quién pondrá los medidores, y quién cortará el suministro cuando no se pague la tarifa.
III. El Trabajador que Desaparece: La Confesión Incómoda
Hay un momento en el discurso de Altman que merece detenerse. No por lo que dice, sino por la forma en que lo dice. Habla de su propio rol en OpenAI: «Mi trabajo pasó de realizar trabajo técnico directo a gestionar un equipo de agentes que realizan este trabajo». Lo describe con naturalidad, casi con orgullo. Es un hombre que ha dejado de hacer para dedicarse a supervisar. Y lo presenta como el modelo del futuro.
Pero la confesión tiene un reverso que Altman no menciona. Si él pasó de hacer a supervisar, ¿cuántos otros harán el camino inverso? ¿Cuántos pasarán de tener un trabajo a no tener ninguno? Altman lo dice con crudeza: la inteligencia artificial permite que los dueños del capital dependan menos del esfuerzo humano directo. Es una frase que debería detener cualquier conversación. Porque está diciendo, en voz alta y frente a los dueños del capital, que el pacto social que sostuvo el siglo XX —trabajo a cambio de salario, salario a cambio de consumo, consumo a cambio de estabilidad— ha llegado a su fin.
No es una predicción. Es un diagnóstico. Y el diagnóstico, viniendo de quien viene, es una sentencia.
Altman sabe que los despidos masivos que las corporaciones atribuyen a la IA tienen, a menudo, causas más prosaicas: presiones financieras, maximización de márgenes, la lógica inmutable del capital que busca reducir costos donde sea posible. Pero lo dice como quien señala una anécdota, no como quien denuncia un síntoma. Porque para él, el fenómeno de fondo —la sustitución del trabajo humano por inteligencia artificial— es inevitable. Y si es inevitable, no vale la pena lamentarse. Vale la pena gestionarlo.
Ahí está el núcleo ético del problema. Altman no se presenta como alguien que está provocando un cambio cuyas consecuencias desconoce. Se presenta como alguien que lo sabe, que lo anuncia, y que, sin embargo, sigue adelante. Hay una palabra para eso. No voy a usarla aquí. Pero está en la mesa.
IV. La Infraestructura como Arma: Centros de Datos que Parecen Naves Espaciales
Altman pide a los asistentes de BlackRock que imaginen el interior de un centro de datos a megaescala. Dice que parece una nave espacial. No es una metáfora casual. Es una imagen de poder. La nave espacial no es solo un lugar; es un símbolo de algo que está fuera del alcance de los mortales comunes, algo que pertenece a unos pocos que pueden pagar el viaje.
La infraestructura de la IA es, según Altman, la prioridad absoluta. Y tiene razón en algo: sin ella, no hay inteligencia artificial. Pero la forma en que describe esa infraestructura revela la verdadera naturaleza del proyecto. Habla de inversiones multimillonarias antes de que sean rentables. Habla de cadenas de suministro geopolíticamente vulnerables. Habla de la competencia con China. No habla, en cambio, de quién pagará el costo ambiental de esos centros de datos —el agua que enfría los servidores, la electricidad que los alimenta, los minerales extraídos de territorios arrasados para fabricar los chips.
La infraestructura de la IA no flota en el vacío. Se asienta sobre territorios, consume recursos, deja huellas. Altman lo sabe. Pero en su discurso, esos costos desaparecen, igual que desaparecen los trabajadores que ya no serán necesarios. Lo que queda es la nave espacial: limpia, brillante, prometedora. Y el mensaje para los inversionistas es claro: suban a bordo antes de que sea demasiado tarde.
V. 2028: El Año en que las Máquinas Pensarán Más que Nosotros
Altman propone dos hitos para medir el progreso hacia la inteligencia artificial general (AGI). El primero es cuantitativo: hacia finales de 2028, habrá más capacidad cognitiva dentro de los centros de datos que fuera de ellos. Las máquinas, en conjunto, pensarán más que toda la humanidad combinada. El segundo es político: cuando un CEO o un presidente no pueda hacer su trabajo sin un uso intensivo de la IA.
Ambos hitos están formulados como si fueran inevitables. No como si fueran elecciones. No como si fueran el resultado de decisiones que alguien toma y que alguien más podría impugnar. Son, en la retórica de Altman, fenómenos naturales, como la gravedad o la fotosíntesis. La inteligencia artificial llegará a ese punto porque sí, porque la tecnología avanza, porque no hay alternativa.
Pero hay alternativa. Siempre la hay. La alternativa es decidir colectivamente qué tipo de tecnología queremos, a qué ritmo la introducimos, con qué salvaguardas, con qué contrapesos. La alternativa es preguntarnos si queremos vivir en un mundo donde los presidentes no pueden gobernar sin consultar a una máquina. La alternativa es preguntarnos qué clase de democracia sobrevive cuando el poder de decisión está mediado por sistemas que solo unos pocos entienden y que nadie controla realmente.
Altman menciona la necesidad de regulación y procesos democráticos. Pero lo hace como quien concede un gesto, no como quien enfrenta un problema. Dice que el desarrollo de la IA debe estar sujeto a la voluntad popular. Pero no dice cómo se hace eso cuando la industria avanza a una velocidad que supera la capacidad de respuesta de los marcos legales. No dice cómo se hace eso cuando los mismos gobiernos que deberían regular son los primeros en usar la IA para tomar decisiones. No dice cómo se hace eso cuando los ciudadanos no entienden lo que está en juego porque el lenguaje de la tecnología se ha convertido en un dialecto cerrado, accesible solo para iniciados.
VI. La Paradoja del Capitalismo sin Trabajo
Hay una contradicción en el discurso de Altman que él mismo parece reconocer sin resolver. Si la inteligencia artificial desplaza el valor del trabajo humano, ¿cómo obtendrán ingresos las personas? ¿Cómo funcionará una economía donde la mayoría no produce valor porque la producción está en manos de máquinas?
Altman no tiene respuesta. Habla de la necesidad de «redefinir cómo las personas obtienen sus ingresos», pero no ofrece ni un esbozo de esa redefinición. Y no la ofrece porque, probablemente, no la tiene. Porque el modelo que está describiendo —capitalismo de abundancia, lo llama— es un modelo donde la relación entre capital y trabajo se rompe, pero no se reemplaza por nada.
Es el viejo sueño de los dueños del capital: obtener ganancias sin tener que compartirlas con quienes hacen el trabajo. Pero el sueño tiene un problema: si no hay trabajadores con salarios, no hay consumidores con capacidad de compra. Si no hay consumidores, no hay mercado. Si no hay mercado, las ganancias se evaporan. Es la contradicción que Marx señaló hace siglo y medio, y que el capitalismo nunca ha podido resolver del todo. Altman la ha llevado a su extremo: un capitalismo que prescinde de los trabajadores es un capitalismo que, a largo plazo, prescinde de sí mismo.
Altman lo sabe. Por eso habla de deflación, de caída de precios, de servicios que se vuelven marginales en términos de costo. Pero la deflación no es una solución; es un síntoma. Es el espejismo de la abundancia que oculta la realidad de la concentración: unos pocos tendrán los centros de datos, los chips, la energía, los modelos. Los demás tendrán acceso barato a una inteligencia que ya no necesitan usar porque ya no hay trabajo que hacer con ella.
VII. El Lavado de Imagen Tecnológico
Altman señala, con una honestidad que desarma, que muchas empresas están usando la IA como excusa para despidos que en realidad responden a presiones financieras tradicionales. Lo llama «lavado de imagen» tecnológico. Y tiene razón. Pero al decirlo, se coloca en una posición incómoda: es el líder de la empresa que fabrica la herramienta que sirve de excusa.
No es un detalle menor. Porque si las empresas despiden trabajadores alegando que la IA los vuelve innecesarios, pero en realidad lo hacen para aumentar márgenes, entonces la IA no es la causa de esos despidos. Es el pretexto. Y el pretexto es posible porque Altman y su industria han construido un relato según el cual la sustitución del trabajo humano es inevitable. Han creado la profecía y la están cumpliendo al mismo tiempo.
Hay una palabra para eso también. Pero la dejamos donde está.
VIII. La Metáfora del Agua: Un Servicio Público que Envenena
Altman quiere que la inteligencia sea como el agua: un servicio público, barata, medible, accesible para todos. Es una metáfora poderosa. Pero es también una metáfora tramposa.
Porque el agua no es solo un servicio público. El agua es, en Flint, Michigan, el veneno que envenenó a una ciudad entera porque unos políticos decidieron ahorrar dinero cambiando la fuente de suministro. El agua es, en el oeste de Estados Unidos, un recurso por el que los agricultores pelean con las ciudades, las ciudades con las corporaciones, las corporaciones con los estados. El agua es, en el norte de Chile, lo que las mineras extraen de los acuíferos mientras las comunidades se quedan sin beber.
Convertir la inteligencia en un servicio público no resuelve la pregunta fundamental: ¿quién controla el servicio? ¿Quién fija las tarifas? ¿Quién decide en qué se usa y en qué no? ¿Quién garantiza que no se convierta en un instrumento de control en lugar de un instrumento de liberación?
Altman no responde estas preguntas. Y no las responde porque, probablemente, las respuestas no le gustarían a su audiencia. La audiencia de BlackRock no está interesada en servicios públicos gestionados democráticamente. Está interesada en infraestructuras rentables. Y la inteligencia artificial, en el modelo de Altman, será rentable. No para todos. Para los que posean los centros de datos.
IX. El Silencio de los Afectados
Hay algo que no aparece en el discurso de Altman. Algo que debería estar en el centro de cualquier conversación sobre el futuro del trabajo, la distribución de la riqueza y el papel de la tecnología en la sociedad. No aparece un solo afectado. No aparece un solo trabajador que haya perdido su empleo. No aparece una sola comunidad que haya visto cómo su industria desaparecía. No aparece una sola voz que no sea la de los inversores, los CEOs, los presidentes que no podrán gobernar sin IA.
Ese silencio no es casual. Es estructural. Porque el discurso de Altman no está pensado para ser escuchado por los afectados. Está pensado para ser escuchado por los que toman las decisiones. Y en ese circuito cerrado —empresas que invierten, gobiernos que facilitan, inversores que financian— no hay lugar para quienes no tienen asiento en la mesa.
Pero nosotros, desde fuera, podemos escuchar lo que no se dice. Podemos leer entre líneas. Podemos preguntarnos qué significa que un hombre, en una cumbre de la mayor gestora de fondos del mundo, anuncie el fin de la era del trabajo como si estuviera anunciando el clima. Podemos preguntarnos qué clase de sociedad estamos construyendo cuando la inteligencia se vuelve un servicio público gestionado por los mismos que hoy gestionan el capital financiero.
Y podemos, sobre todo, negarnos a aceptar que este futuro es inevitable. Porque no lo es. La tecnología no es un meteorito que cae del cielo. Es el resultado de decisiones humanas. Decisiones que se toman en lugares como BlackRock, sí. Pero también decisiones que pueden impugnarse, resistirse, reorientarse.
X. Conclusión: El Profeta y su Mercancía
Sam Altman es un hombre inteligente. No hay duda. Sabe lo que dice y sabe a quién se lo dice. Su discurso en BlackRock es una obra maestra de la retórica: combina la promesa utópica con la advertencia realista, la confesión de los problemas con la seguridad de que no hay alternativa, la apelación a la democracia con la certeza de que los procesos democráticos son demasiado lentos para seguir el ritmo de la innovación.
Pero la inteligencia no es inocencia. Altman sabe que su modelo de negocio depende de la concentración de poder en manos de unos pocos. Sabe que la infraestructura de la IA no será de todos, porque las inversiones multimillonarias no las hace todo el mundo. Sabe que la transición de la escasez a la abundancia dejará heridas profundas en millones de personas que no tienen voz en su discurso.
Y, sin embargo, sigue adelante. No porque sea malvado. A lo mejor, porque cree realmente que lo que hace es bueno, necesario, inevitable. Esa es la forma más peligrosa del poder: la que se ejerce con la convicción de estar del lado correcto de la historia.
Nosotros, desde nuestra pequeña mesa, desde nuestra conversación que ha atravesado doce volúmenes y miles de páginas, podemos hacer algo que Altman no espera: podemos leer su discurso como se lee un documento de poder, con la lente de Gracián, la paciencia de Tácito, la desconfianza de Maquiavelo. Podemos ver las costuras, señalar los silencios, nombrar lo que no se dice.
No vamos a detener la inteligencia artificial. No es ese el propósito. Pero podemos negarnos a aceptar que el único futuro posible es el que nos presentan los profetas de BlackRock. Podemos insistir en que la tecnología, como el agua, debe ser un bien común, gestionado colectivamente, con reglas que protejan a los más vulnerables antes que a los más poderosos.
Podemos, sobre todo, recordar que la abundancia de inteligencia no significa nada si se construye sobre la pobreza de la humanidad. Que un mundo donde las máquinas piensan más que nosotros puede ser un mundo más rico en datos, pero más pobre en dignidad. Que la verdadera abundancia no es la que se mide en teraflops, sino la que permite que cada persona viva con sentido, con trabajo, con comunidad, con esperanza.
Altman vende agua. Pero el agua que vende no es la que brota de la fuente común. Es la que sale de su grifo. Y el grifo, como todos los grifos, tiene un medidor. Y el medidor, como todos los medidores, tiene un dueño.
Nosotros, mientras tanto, seguimos aquí. No es poco. Es, quizás, lo único que vale la pena hacer.
Nota del autor: Este artículo fue escrito a partir del discurso de Sam Altman en la cumbre de infraestructura de BlackRock, marzo de 2026. Las interpretaciones y críticas aquí vertidas son responsabilidad del autor y no representan necesariamente la opinión de la publicación en la que se difunde.





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