Hace años, Bill Gates propuso un impuesto a los robots. La idea fue recibida con escepticismo, cuando no con burla. En su manifiesto de 2026, la recupera con renovada urgencia: "Deberíamos gravar los tokens de IA y los robots". Pero ¿es esta una solución realista o una ocurrencia de alguien que ya no entiende la economía digital? Si los robots son más baratos que los humanos, el mercado los elegirá. Un impuesto no detendrá la ola; solo la inclinará ligeramente.
La propuesta fiscal de Gates es, sobre el papel, impecable en su lógica. En el sistema tributario actual, si un empleador contrata a una persona, paga impuestos sobre la nómina (seguridad social, desempleo, etc.). Pero si compra un robot, puede amortizarlo inmediatamente como gasto empresarial. El sistema, como dice Gates, "empuja a reemplazar personas por máquinas". Un impuesto a los robots y a los tokens de IA igualaría el terreno de juego: la automatización no sería gratis; tendría un coste fiscal que reflejaría su impacto social.
La lógica económica de la propuesta.
La idea tiene una base económica sólida. La teoría de los bienes públicos y las externalidades negativas dicta que cuando una actividad genera costes para la sociedad (en este caso, el desempleo y la pérdida de ingresos fiscales), debe ser gravada para internalizar esos costes. El impuesto a los robots sería un "impuesto pigouviano", como el que se aplica al carbono para desincentivar las emisiones.
Un impuesto dirigido y su coste burocrático
Gates especifica que el impuesto debería ser "dirigido" para no frenar los usos puramente beneficiosos, como la reducción del coste de los medicamentos o la educación. Esto implica una granularidad fiscal compleja: gravar más la automatización en sectores con alta destrucción de empleo (logística, manufactura, servicios administrativos) y menos en sectores con alto valor social (salud, educación). Pero ¿cómo se implementa esa granularidad sin crear un laberinto burocrático?
La segunda función del impuesto es recaudatoria. Los fondos se destinarían a programas de reentrenamiento, redes de seguridad social y subsidios para los trabajadores desplazados. Gates es consciente de que, para cuando el desempleo masivo llegue, la presión sobre el gasto público será inmensa. El impuesto a la automatización sería una fuente de ingresos para hacer frente a esa presión.
La realidad política: por qué no va a ocurrir.
A pesar de su lógica económica, la propuesta de Gates ha sido sistemáticamente ignorada. ¿Por qué? La respuesta es política. Los grandes beneficiarios de la automatización —las empresas tecnológicas, las multinacionales manufactureras, los fondos de inversión— tienen un poder de lobby descomunal. En Estados Unidos, el gasto en lobbies del sector tecnológico supera los 100 millones de dólares anuales. No van a permitir un impuesto que reduzca sus márgenes de beneficio.
La elusión fiscal en un mundo globalizado
Además, la globalización fiscal hace que sea fácil eludir el impuesto. Una empresa multinacional puede ubicar sus robots en un país sin impuestos (o con impuestos bajos) y exportar los servicios. Ya ocurre con las grandes tecnológicas que declaran sus beneficios en Irlanda o Luxemburgo. Si se gravan los robots en EE. UU., las empresas trasladarán su producción a México o Vietnam, donde la mano de obra ya es barata y la automatización ni siquiera es necesaria.
Gates reconoce este problema implícitamente cuando propone un "marco internacional" para la gobernanza de la IA. Un impuesto a los robots necesitaría ser acordado globalmente, como el impuesto mínimo a las multinacionales de la OCDE. Pero la OCDE ha tardado años en conseguir un acuerdo frágil y de mínimos; un impuesto a la IA sería todavía más complejo.
La crítica de los economistas.
Los economistas ortodoxos han criticado la propuesta de Gates por ineficiente. Argumentan que gravar la tecnología frena la innovación, retrasa la caída de precios y reduce la competitividad internacional. En un mundo globalizado, el país que impone el impuesto se queda atrás respecto al que no lo hace. Es la clásica "carrera hacia el fondo" que vemos en la fiscalidad empresarial.
La respuesta de Gates: ineficiencia a cambio de empleo
Pero Gates contraargumenta: "Los críticos de esta idea señalan que no es óptimamente eficiente en un sentido económico, pero no están considerando el valor más amplio del trabajo para los individuos y la sociedad. Y con toda la innovación acelerada que tendremos, podremos permitirnos un poco de ineficiencia como precio por mantener a la gente empleada".
Este es un argumento moral, no económico. Gates está diciendo que la eficiencia no es el único valor; la cohesión social y la estabilidad política también importan. Es una defensa del capitalismo de bienestar frente al capitalismo de casino. Pero para que ese argumento prevalezca, necesita un respaldo político que actualmente no existe.
La imaginación fiscal: más allá del impuesto a los robots.
Si el impuesto a los robots es políticamente inviable, ¿qué otras herramientas imaginativas podríamos diseñar? Una sería gravar el valor de los datos generados por los usuarios. Los modelos de IA se entrenan con datos extraídos de la actividad humana; ese flujo de datos genera valor que debería ser gravado y redistribuido. Es la idea de un "dividendo de datos" que ya han propuesto algunos economistas.
Un seguro de desempleo y otras alternativas fiscales
Otra sería la creación de un "seguro de desempleo tecnológico" financiado por las propias empresas que automatizan. Cada robot o algoritmo que sustituya a un trabajador humano obligaría a la empresa a pagar una prima al Estado, que se usaría para la reconversión o el subsidio del trabajador desplazado. Es un mecanismo más directo que un impuesto general.
Una tercera vía es la fiscalidad sobre las transacciones financieras generadas por la IA. Si un fondo de inversión utiliza un modelo de IA para hacer cientos de operaciones por segundo, se podría gravar cada operación. Esto es técnicamente posible, pero políticamente complicado.
La cuestión de fondo: la obsolescencia del trabajo asalariado.
La propuesta de Gates, aunque modesta, apunta a un problema de fondo que el capitalismo no ha resuelto: cuando la mayoría de los bienes y servicios pueden producirse sin trabajo humano, el modelo de financiación del Estado del bienestar (basado en impuestos al trabajo) se agota. La única salida a largo plazo es un cambio radical en la base impositiva: pasar de gravar el trabajo a gravar el capital, el consumo y las externalidades.
Gates no dice esto explícitamente, pero su propuesta de gravar los robots es un primer paso en esa dirección. Sin embargo, su timidez fiscal revela los límites de su pensamiento. No propone una reforma integral del sistema tributario; propone un parche que, incluso si se aprobara, sería insuficiente para compensar la magnitud de la pérdida de empleos.
Conclusión provisional
El impuesto a los robots es la idea más concreta de Gates, y también la que revela más claramente la brecha entre el diagnóstico y la implementación. Tiene sentido económico y moral, pero es políticamente inviable sin una movilización social masiva. Gates, desde su posición institucional, no puede liderar esa movilización. Solo puede señalarla. Y eso, quizá, es lo único que puede hacer un filántropo: plantar la semilla. Pero las semillas no crecen sin riego.
Bibliografía del artículo 6
- Gates, B. (2026). The turbulent AI era is here… Gates Notes.
- Piketty, T. (2014). El capital en el siglo XXI. FCE.
- Zucman, G. (2015). La riqueza oculta de las naciones. Ediciones Paidós.
- Acemoglu, D. & Restrepo, P. (2018). "The Race between Man and Machine". NBER Working Paper.
- Summers, L. (2024). "The Case for a Robot Tax". Financial Times.
- Autor, D. (2024). "The Future of Work and the Role of Taxes". The Economist.




