Laboratorio del Futuro
Dr. Ricardo Petrissans Aguilar.
Hay renuncias que son un trámite administrativo y hay renuncias que son un terremoto. La de Jacob Coxon pertenece, sin duda, a la segunda categoría.
El martes 8 de septiembre, a las 6:47 de la mañana hora del Pacífico, este ingeniero británico de 27 años abrió su portátil en su apartamento de San Francisco, escribió durante veinte minutos y publicó un hilo en X que, en cuestión de horas, superó los 58 millones de visualizaciones. Antes de mediodía, su nombre era trending topic en catorce países. Antes de que acabara el día, había dimitido formalmente.
Un ingeniero que conocía OpenAI y Anthropic
Coxon no es un crítico externo. No es un filósofo de salón ni un columnista alarmista que nunca ha escrito una línea de código. Trabajó tres años en OpenAI, donde participó en el desarrollo de GPT-4 y GPT-4.5, y luego se unió a Anthropic —la empresa fundada por ex-empleados de OpenAI que prometía priorizar la seguridad sobre la velocidad— precisamente porque creía que era el lugar correcto. «Renuncié a OpenAI para unirme a Anthropic al considerarla inicialmente más prudente», escribió. Era su apuesta personal por hacer las cosas bien.
Y ahora abandonaba ambas.
«Las personas que están creando inteligencia artificial creen sinceramente que esos sistemas podrían matarnos a todos para finales de esta década», escribió. «No hay otra actividad humana que suponga este nivel de amenaza».
La frase que más se repitió en los titulares de medio mundo fue otra: «Están jugando con nuestras vidas». Pero el hilo de Coxon era más matizado y, por ello, más devastador. No acusaba a individuos concretos de malicia. Describía un sistema —una carrera competitiva entre empresas— que empuja a todos sus participantes hacia adelante incluso cuando saben que el precipicio está cerca.
La trampa de llegar primero
Lo que Coxon reveló fue una distinción crucial. Según su testimonio, hay una diferencia entre OpenAI y Anthropic. Los primeros «quizás no han internalizado en profundidad los retos civilizacionales», mientras que los segundos «los comprenden bien». Pero ambos están «atrapados en la carrera por ser los primeros», incluso cuando, «en el caso más optimista», se trata de «llegar primero para actuar con responsabilidad».
Esa frase —«llegar primero para actuar con responsabilidad»— resume la trampa en la que se encuentra toda la industria. Nadie quiere ser el que frene. Todos temen que, si ellos paran, otro seguirá adelante. Y en esa lógica de carrera, la seguridad se convierte en un lujo que nadie puede permitirse.
Coxon no ve otra salida que la coordinación entre los distintos proyectos de IA y las empresas involucradas. Siente que eso no está ocurriendo. Por eso aboga por acciones costosas, como una prohibición temporal de mejorar las capacidades de los modelos. Y termina su hilo con una pregunta dirigida directamente a sus colegas: «¿Quieren potenciar un aprendizaje por refuerzo superinteligente sin un entendimiento riguroso de su mente? ¿Van a bajar la cabeza porque “total, ya está ocurriendo”, o aprovechar este momento para abogar por condiciones diferentes?».
El respaldo de Evan Hubinger
Lo que convirtió la renuncia de Coxon en un punto de inflexión no fue solo su testimonio. Fue lo que ocurrió después. Evan Hubinger, responsable de Ciencia de Alineación en Anthropic —es decir, la persona cuya función es precisamente resolver cómo hacer que los sistemas de IA sean seguros— no desmintió a Coxon. Lo respaldó.
«Creemos de todo corazón que la IA podría matar a todos los humanos», escribió Hubinger. «Personalmente, pienso que es más de un 10% dentro de la próxima década». Y añadió algo aún más perturbador: Anthropic, una de las empresas líderes mundiales en seguridad de IA, «todavía no tiene un plan para resolver la alineación para la superinteligencia y no estamos claramente en el buen camino para hacerlo».
Ese «todavía no» resuena como una sentencia. Porque si los propios creadores de la tecnología reconocen que no saben cómo controlarla, ¿qué nos queda a los demás?
Hubinger precisó que su preocupación no son los «modelos actuales», sino «la superinteligencia que surja de una mejora autorrecursiva». Es decir, un sistema capaz de rediseñarse a sí mismo para volverse más inteligente, que a su vez se rediseña para volverse aún más inteligente, en un bucle que se acelera exponencialmente. Un sistema así, si no está perfectamente alineado con los valores humanos, podría perseguir objetivos que no comprendemos, utilizando métodos que no podemos prever.
Una cadena de señales dentro de Anthropic
La dimisión de Coxon no fue un acto aislado. En febrero de 2026, Anthropic ya había retirado de su carta de seguridad el compromiso de suspender el desarrollo de sus modelos si no conseguía controlar los riesgos. En junio, la empresa suspendió y desactivó temporalmente sus modelos más potentes, Mythos 5 y Fable 5, para revisar sus sistemas de seguridad digital tras una serie de incidentes de ciberseguridad que afectaron a varias versiones de Claude. Otro empleado, Mrinank Sharma, había dimitido en febrero.
Lo que Coxon hizo fue romper el silencio. Poner nombre y apellidos a lo que muchos en la industria susurraban en privado. Y al hacerlo, obligó a Anthropic a confirmar públicamente lo que hasta entonces solo se había insinuado: que los creadores de la tecnología más poderosa de la historia tienen miedo de lo que están construyendo.
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