Uno de los aspectos más impactantes de Magnifica Humanitas es su denuncia de las nuevas formas de esclavitud que acompañan a la revolución digital. El Papa León XIV establece un paralelismo explícito entre la esclavitud histórica y la explotación digital contemporánea, y va más allá: en nombre de la Iglesia, pide «sinceramente perdón» por el papel histórico de la Iglesia Católica en la esclavitud, vinculando ese reconocimiento con el riesgo de que la humanidad normalice la explotación en la cadena productiva de las nuevas tecnologías.
La encíclica describe el trabajo invisible que sostiene la IA: millones de personas, en su mayoría mujeres y jóvenes en países del Sur Global, dedicadas a etiquetar datos, moderar contenidos —a menudo pésimos— y entrenar modelos, a cambio de remunerizaciones mínimas. «Cuerpos marcados, mutilados, consumidos para que el flujo de los cálculos no se interrumpa», escribe el Papa. A esto se suma la extracción de minerales esenciales para los microprocesadores, donde adolescentes y niños trabajan en condiciones peligrosas.
«No basta con invocar la eficiencia ni con alabar los beneficios de la innovación, si estos se basan en una cadena de explotación que se mantiene deliberadamente oculta. Si una tecnología promete emancipación, pero produce nuevas formas de subordinación global, contradice el principio fundamental de la dignidad de la persona».
El Papa denuncia también el «colonialismo digital» : la apropiación de datos sanitarios, genéticos y demográficos de poblaciones enteras, a menudo bajo el pretexto de la ayuda o la investigación. «El colonialismo muestra en la actualidad un rostro inédito. No sólo domina los cuerpos, sino que se apropia de los datos, transformando las vidas personales en información explotable». Quien posee los datos sanitarios de poblaciones enteras, recopilados a menudo bajo el pretexto de la ayuda, la investigación o la innovación, posee una palanca estructural sobre el futuro: puede moldear las necesidades y los mercados, y decidir a quién destinar medicamentos, inversiones y protecciones.
Pero el Vaticano no se limita a denunciar; ofrece un diagnóstico de las raíces de esta explotación. La raíz de estos problemas es una mentalidad tecnocrática y posthumanista, que tiende a considerar a la persona como un objeto manipulable o un recurso para optimizar, eliminando todo lo que pone límites a la maximización del beneficio. «Algunas corrientes posthumanistas llegan incluso a plantear la existencia de seres humanos «de segunda clase», al servicio de los intereses de élites que se perciben a sí mismas como superiores: una perspectiva inquietante, más grave aún si se combina con instrumentos tecnológicos que amplían de forma exponencial el poder de control y de selección».
El Papa recuerda la historia de la Doctrina Social de la Iglesia sobre la esclavitud. «Es cierto que los acontecimientos del pasado no pueden juzgarse de forma ahistórica, como si todos los criterios que se han ido madurando con el tiempo hubieran estado siempre disponibles. Sin embargo, no podemos negar ni minimizar el retraso con el que la Iglesia y la sociedad condenaron el flagelo de la esclavitud». El Papa reconoce que hubo que esperar hasta el siglo XIX para encontrar una condena formal, absoluta y universal de la esclavitud, en particular con León XIII. «Se trata de una herida en la memoria cristiana a la que no podemos considerarnos ajenos. Es inevitable sentir un profundo dolor al considerar el enorme sufrimiento y humillación que la esclavitud ha significado para tantas personas».
«El recuerdo de la complicidad y la ceguera del pasado ante la injusticia de la esclavitud se convierte para nosotros en un llamamiento a la vigilancia: lo que hemos aprendido debe traducirse en discernimiento y responsabilidad en el presente. Si no queremos pedir perdón en el futuro por no haber sido fieles al tesoro de la dignidad humana que contiene nuestra fe, hoy nos corresponde ser directos y firmes a la hora de denunciar la trata en sus múltiples manifestaciones y de apoyar, paso a paso, junto con todos aquellos que se comprometen con esta causa, caminos reales de prevención, protección, liberación y rehabilitación».
La encíclica también aborda el impacto laboral de la IA. El Papa califica de «realista» el temor a una destrucción masiva y acelerada del empleo si la innovación se aplica con el único fin de recortar costes. Advierte del peligro de caer en una paradoja de «progreso material y regresión antropológica», con «una multitud de excluidos rodeados de máquinas y sistemas automatizados que han ocupado su lugar».
El trabajo no es solo un medio de subsistencia, sino un espacio de expresión, de relaciones y de contribución a la comunidad. «La persona humana es un fin y no un medio, y el orden económico debe permanecer subordinado a su dignidad y al bien común». El Papa critica que los «nuevos modos» de trabajar no son necesariamente mejores: los trabajadores se ven obligados a adaptarse a la velocidad de las máquinas, en lugar de que estas estén diseñadas para ayudar a quienes trabajan. Esto puede «desespecializar a los trabajadores, someterlos a una vigilancia automatizada y relegarlos a tareas rígidas y repetitivas».
El Papa reclama políticas activas de formación continua, recualificación profesional y protección del empleo, así como una responsabilidad empresarial que incluya la calidad y la dignidad del trabajo entre los indicadores de éxito. «En esta transición, no basta con reaccionar cuando desaparecen los puestos de trabajo, sino que es necesario gestionar la transformación de forma proactiva».
La comparativa con otros actores globales revela la singularidad de esta posición. La Unión Europea ha abordado el impacto laboral a través de directivas sobre condiciones de trabajo, pero no ha hecho del empleo un eje central de su regulación de la IA. China ve la automatización como una herramienta de modernización y eficiencia. Estados Unidos ha adoptado un enfoque de mercado: se asume que la innovación generará nuevos empleos que compensarán los destruidos.
El Vaticano se sitúa, así como la voz más explícita en la defensa del trabajo como bien fundamental y en la advertencia sobre los riesgos de una automatización descontrolada, estableciendo un puente entre la preocupación por el empleo y la denuncia de las nuevas formas de esclavitud digital que, como el colonialismo de antaño, explotan cuerpos y territorios enteros en beneficio de unos pocos.





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