La Santa Sede ha desplegado una intensa actividad diplomática en torno a la inteligencia artificial durante 2026, aprovechando su estatus de observador en Naciones Unidas y sus relaciones bilaterales con más de 180 estados. Esta actividad no es casual: la encíclica Magnifica Humanitas aboga por pasar de la «cultura del poder» a una auténtica «cultura de la negociación», en la que el diálogo y las relaciones diplomáticas se conviertan en la vía habitual para afrontar los conflictos.
El 19 de junio de 2026, la delegación vaticana ante la ONU en Nueva York intervino en un «diálogo interactivo» con los copresidentes del Grupo Científico Internacional Independiente sobre IA, creado para elaborar evaluaciones científicas sobre los riesgos e impactos de la IA y sentar las bases para una gobernanza global. La delegación declaró que «evaluar las oportunidades y los riesgos conexos a la inteligencia artificial no significa «obstaculizar el progreso», sino realizar un acto de responsabilidad».
La delegación subrayó que «la tecnología no es nunca neutra. Refleja inevitablemente las prioridades y los presupuestos de quienes la diseñan, la financian, la regulan y la utilizan. Cada sistema incorpora elecciones a través de lo que mide, lo que ignora y lo que optimiza». Por ello, «las consideraciones éticas deben orientar desde el principio los aspectos técnicos, en lugar de ser tratadas como un elemento accesorio o posterior». La delegación manifestó el interés de la Santa Sede en «participar de manera constructiva en los esfuerzos internacionales dirigidos a garantizar que la inteligencia artificial promueva la dignidad humana».
El 8 de julio de 2026, en el marco del AI for Good Global Summit de Ginebra —organizado por la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT) junto con otros organismos de la ONU y copatrocinado por el Gobierno suizo—, la Misión Permanente de la Santa Sede promovió una conversación de alto nivel dedicada a Magnifica Humanitas. El debate, moderado por el arzobispo Ettore Balestrero —Observador Permanente de la Santa Sede ante la Oficina de la ONU en Ginebra—, articuló tres perspectivas complementarias: la ética del desarrollo de la IA (Paolo Carozza, copresidente del Consejo de Supervisión de Meta), la perspectiva empresarial (Artur Kluz, CEO de Kluz Ventures) y las razones de la participación activa de la Santa Sede (mons. Paul Tighe, Secretario del Dicasterio para la Cultura y la Educación y miembro de la Comisión Interdicasterial).
La presencia del Vaticano en el G7 también ha sido significativa. El 25 de mayo de 2026, mientras el G7 se encontraba estancado en las reglas internacionales de la IA y el Congreso de Estados Unidos luchaba por producir una legislación federal orgánica, la Santa Sede rompió el silencio con la encíclica. Los obispos católicos apoyaron los llamamientos de la Santa Sede a favor de «una gobernanza ética de la inteligencia artificial» y de «una particular vigilancia respecto a los usos militares de los sistemas autónomos». En la cumbre de Evian, los líderes del G7 abordaron la IA, y desde el Vaticano se lanzó un llamamiento contundente: «No basta regular la inteligencia artificial, hay que desarmarla y hacerla acogedora».
El precedente de esta presencia lo había establecido el Papa Francisco en junio de 2024, cuando fue invitado a dirigirse a los líderes mundiales en la cumbre del G7 sobre ética de la IA, la primera vez que un Papa recibía esta oportunidad.
La encíclica también aborda la crisis del multilateralismo. Las instituciones creadas para salvaguardar un destino común de los pueblos —en particular la ONU— parecen debilitadas, no solo por limitaciones estructurales, sino porque falta una voluntad compartida de apoyarlas y reformarlas. «La fuerza del derecho internacional es así sustituida por el supuesto «derecho del más fuerte», y sus instrumentos —desde los tribunales competentes en crímenes de guerra hasta los tribunales llamados a resolver las controversias entre estados— son a menudo eludidos o debilitados, con consecuencias devastadoras para la cultura política y la convivencia».
El Papa aboga por un marco internacional que incluya transparencia en los algoritmos y en la toma de decisiones, auditorías independientes y acceso equitativo a los datos, herramientas de apelación para las personas afectadas por decisiones automatizadas, y reglas compartidas para frenar la carrera armamentística tecnológica.
La diplomacia vaticana, sin embargo, no se limita a la presencia en foros internacionales. La encíclica propone un cambio de cultura: «En las relaciones internacionales, el diálogo es el instrumento insustituible de la diplomacia para prevenir los conflictos y restablecer los lazos de confianza. Frente a las comunicaciones impulsivas, las retóricas agresivas y las lógicas de poder que marcan nuestro tiempo, la vocación de la diplomacia es la de favorecer el diálogo con todos, incluidos los interlocutores que se consideran más «incómodos» o que no se estiman legítimos para negociar, utilizando hasta el extremo la humildad y la paciencia para recuperar los más tenues signos de buena voluntad de las partes en conflicto, a fin de iniciar una pacificación».
También el ciberespacio se ha convertido en terreno de enfrentamiento: los ataques informáticos, la manipulación de datos y las campañas de influencia orquestadas con la ayuda de la IA pueden desestabilizar países enteros, incluso antes de que se llegue a un enfrentamiento armado abierto. «En este ámbito, además, la atribución de responsabilidades es a menudo incierta: cuando no está claro quién ha atacado, crece el riesgo de reacciones desproporcionadas, errores de evaluación y espirales de escalada. Por eso hace falta una diplomacia capaz de operar también en este nuevo entorno».
La comparativa con otros actores globales revela las diferencias de enfoque. La Unión Europea ha aprobado el AI Act como el primer marco regulatorio integral del mundo, y en abril de 2026 firmó el Convenio Marco del Consejo de Europa sobre IA, derechos humanos, democracia y Estado de derecho. China ha lanzado en julio de 2026 un organismo internacional con 29 países para influir en las reglas globales de la IA, con el objetivo de crear un orden alternativo. Estados Unidos carece de una estrategia de gobernanza global coherente; la administración Trump ha priorizado la competitividad nacional sobre la cooperación internacional.
El Vaticano, sin poder económico ni militar, aspira a desempeñar un papel de mediador moral y catalizador de conciencias en el debate global sobre la IA. Su autoridad reside en su capacidad para convocar a actores diversos —desde tecnológicas hasta gobiernos, desde religiones hasta organizaciones internacionales— en torno a principios éticos compartidos, como demuestra el Rome Call for AI Ethics con sus más de once religiones representadas y sus signatarios tecnológicos globales.





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