Balance y perspectivas: el Vaticano como voz moral en la era de la IA

Balance y perspectivas: el Vaticano como voz moral en la era de la IA

A lo largo de este recorrido por la posición del Vaticano sobre la inteligencia artificial, hemos visto cómo la Santa Sede ha construido una respuesta compleja y articulada a uno de los desafíos más decisivos de nuestro tiempo. Desde la publicación de Magnifica Humanitas hasta la creación de la Comisión Interdicasterial, desde el Rome Call for AI Ethics hasta la presencia diplomática en los foros internacionales, el Vaticano ha desplegado una estrategia que combina la autoridad moral de la tradición cristiana con la capacidad de convocar a actores diversos en torno a principios éticos compartidos.

La posición del Vaticano se distingue de los enfoques de otros actores globales en varios aspectos fundamentales. En primer lugar, ofrece un fundamento antropológico que ningún otro actor proporciona: la dignidad de la persona no depende de su utilidad, eficiencia o productividad, sino de su condición de criatura amada por Dios. Este fundamento permite al Papa criticar el transhumanismo, el posthumanismo y cualquier visión que reduzca a la persona a un dato o a un recurso optimizable.

En segundo lugar, el Vaticano introduce un lenguaje moral —«desarmar la IA», «nuevas esclavitudes digitales», «colonialismo digital»— que trasciende el lenguaje técnico de la regulación y apela a la conciencia de los actores implicados. No se trata solo de establecer normas, sino de transformar mentalidades.

En tercer lugar, el Vaticano aspira a un papel de mediador y catalizador en el debate global. Sin poder militar ni económico, su autoridad reside en su capacidad para convocar a actores diversos en torno a principios éticos compartidos. El Rome Call for AI Ethics es el mejor ejemplo de esta estrategia: un documento que ha reunido a once religiones del mundo y a las principales empresas tecnológicas en torno a principios de transparencia, inclusión, responsabilidad y privacidad.

En cuarto lugar, el Vaticano ha desarrollado una arquitectura institucional —la Comisión Interdicasterial, el Observatorio para el Medio Ambiente, la RenAIssance Foundation— que permite traducir los principios en acciones concretas y coordinadas.

En quinto lugar, el Vaticano ofrece una visión de esperanza que no se limita a denunciar los riesgos. Frente a la aceleración tecnológica, propone pausa, reflexión y diálogo. Frente a la concentración de poder, propone subsidiariedad y participación. Frente a la guerra, propone paz y justicia. Frente al dominio, propone servicio.

La respuesta a Magnifica Humanitas ha sido diversa. Los expertos en IA han valorado positivamente el documento, calificándolo como una «voz moral» que no se doblega. La encíclica «desenmascara los ídolos actuales que conciben a la humanidad como engranajes del Estado, agentes del mercado o instrumentos de un orden algorítmico», señaló Vatican News. El ISPI (Instituto per gli Studi di Politica Internazionale) ha señalado que la encíclica «habla a los gobiernos que se mueven con retraso, a las empresas que pueden elegir si sufrir la complejidad técnica o gobernarla, a las universidades que luchan por hacer sistema, a la sociedad civil que lucha por hacerse oír donde las leyes no llegan, y a los individuos que dejan de preguntarse si lo que «el sistema dice» es también lo que es justo».

Pero también ha habido críticas. Algunos han señalado que la encíclica, en su denuncia de la concentración del poder tecnológico, no ofrece soluciones concretas para desmantelar los monopolios existentes. Otros han cuestionado la presencia de Anthropic en el panel de presentación, viendo una contradicción entre la denuncia de la concentración del poder tecnológico privado y la invitación a uno de sus principales representantes. Dentro de la Iglesia, hay teólogos que son «optimistas convencidos» y otros que muestran «mayor cautela», y el texto se mantiene en una posición prudencial intermedia que no satisface completamente a ninguno de los dos extremos.

El futuro de la iniciativa vaticana presenta varios desafíos. El primero es la velocidad del cambio tecnológico, que supera con creces la capacidad de respuesta de los procesos normativos nacionales e internacionales. Como señaló la delegación vaticana ante la ONU, «los cambios tecnológicos son incomparablemente más veloces que los procesos normativos nacionales e internacionales». El Papa insiste en la necesidad de ralentizar donde todo acelera, de proteger los espacios en los que las comunidades pueden «seguir participando e interrogándose».

El segundo desafío es la fragmentación de la gobernanza global. Mientras la UE avanza con el AI Act, China lanza su propio organismo internacional y Estados Unidos prioriza la competitividad nacional, el Vaticano aspira a ser un puente entre estos enfoques divergentes. La pregunta es si su autoridad moral será suficiente para superar los intereses económicos y geopolíticos en juego.

El tercer desafío es la implementación pastoral. La encíclica ofrece principios, pero su traducción a la vida concreta de las comunidades cristianas y de los católicos que trabajan en el sector tecnológico requerirá un esfuerzo continuado de formación y acompañamiento. Las iniciativas ya en marcha —el curso de evangelización digital e IA en Argentina, el webinar sobre vida consagrada e IA, la adhesión de universidades católicas al Rome Call— son pasos en la dirección correcta, pero aún queda mucho por hacer.

El cuarto desafío es la dimensión ecológica. El Observatorio para el Medio Ambiente creado por la Pontificia Academia de Teología es un paso importante, pero la huella ecológica de la IA —el consumo de energía y agua de los centros de datos, la minería de tierras raras, la obsolescencia programada de los dispositivos— requiere respuestas a escala global que el Vaticano, por sí solo, no puede proporcionar.

A pesar de estos desafíos, la posición del Vaticano sobre la IA tiene una relevancia que trasciende el ámbito religioso. En un mundo donde la IA se desarrolla a una velocidad vertiginosa con escasos contrapesos éticos y una gobernanza fragmentada, la voz del Vaticano —una voz que no representa intereses económicos ni geopolíticos, sino una tradición de reflexión sobre la persona y el bien común— adquiere una relevancia singular.

Como escribió Christopher Olah, cofundador de Anthropic, durante la presentación de la encíclica: «Necesitamos voces morales que los incentivos no puedan doblegar. Necesitamos que más sectores del mundo hagan lo que su Santidad: tomarse esto en serio».

La encíclica concluye con una nota de esperanza. El Papa retoma la imagen de Nehemías, que escucha el grito de una ciudad herida, lleva ese dolor a la oración, discierne ante Dios, organiza el trabajo y, ladrillo tras ladrillo, reconstruye las murallas de Jerusalén. «En él reconozco una parábola luminosa de nuestra vocación a ser, en el tiempo de la transformación digital, no espectadores resignados a las fracturas sociales y culturales, ni simples comentaristas de las ruinas, sino mujeres y hombres que entran en las obras de la historia —laboratorios de investigación, empresas tecnológicas, escuelas, medios de comunicación, instituciones, comunidades locales— para levantar lo que se ha derrumbado y proteger lo que está expuesto».

En el centro de todo está la fe en la Encarnación: «El Verbo se hizo carne y puso su morada entre nosotros. La carne del Hijo, pobre y vulnerable, evoca la carne de tantos hermanos y hermanas despojados de su dignidad y reducidos al silencio. Y a través de esta cercanía, el don de la paz entra en el mundo de modo paradójico: como el poder de llegar a ser hijos de Dios, que se aviva cuando nos dejamos conmover por el llanto de los pequeños, por la fragilidad de los ancianos, por el silencio de las víctimas, por el esfuerzo de quienes luchan contra el mal que no querrían hacer».

Frente a un mundo que promete superar la condición humana mediante la tecnología, el Vaticano recuerda que lo que salva al hombre es el amor divino que desciende hasta el punto más frágil de su historia y la regenera desde lo profundo. No hay algoritmo que pueda sustituir un corazón que se entrega, ni una conciencia capaz de discernir el bien. «Incluso cuando las máquinas sobresalen en eficiencia, el centro de la historia sigue siendo un rostro humano que exige ser contemplado».

Esta es, quizás, la contribución más duradera del Vaticano al debate sobre la IA: la afirmación de que, en el centro de la era digital, sigue habiendo un rostro humano que ninguna máquina podrá jamás sustituir en su esplendor.


Anexo: Cronología de las intervenciones vaticanas sobre IA (2013-2026)

FechaEvento
2013El Papa Francisco aborda por primera vez el tema de la tecnología en Evangelii gaudium
2015Laudato si’ denuncia el «paradigma tecnocrático»
2016Inicio de los informales «Minerva Dialogues» entre el Vaticano y la industria tecnológica
28 febrero 2020Primera firma del Rome Call for AI Ethics (Microsoft, IBM)
12 abril 2021Creación de la RenAIssance Foundation
10 enero 2023«AI Ethics: an Abrahamic commitment to the Rome Call» (judíos, cristianos y musulmanes)
9-10 julio 2024«AI Ethics for Peace» en Hiroshima (11 religiones del mundo)
Junio 2024El Papa Francisco se dirige al G7 sobre ética de la IA
28 enero 2025Publicación de la nota Antiqua et nova (Dicasterios para la Doctrina de la Fe y para la Cultura y la Educación)
9 febrero 2026Publicación de ¿Quo vadis, humanitas? (Comisión Teológica Internacional)
15 mayo 2026Firma de Magnifica Humanitas por el Papa León XIV
16 mayo 2026Creación de la Comisión Interdicasterial sobre IA
25 mayo 2026Presentación pública de Magnifica Humanitas con panel en el Vaticano
Junio 2026Intervención de la Santa Sede en la ONU sobre IA
Julio 2026Participación en el AI for Good Global Summit de Ginebra
Entre diplomacia y multilateralismo: la presencia del Vaticano en los foros globales

Entre diplomacia y multilateralismo: la presencia del Vaticano en los foros globales

La Santa Sede ha desplegado una intensa actividad diplomática en torno a la inteligencia artificial durante 2026, aprovechando su estatus de observador en Naciones Unidas y sus relaciones bilaterales con más de 180 estados. Esta actividad no es casual: la encíclica Magnifica Humanitas aboga por pasar de la «cultura del poder» a una auténtica «cultura de la negociación», en la que el diálogo y las relaciones diplomáticas se conviertan en la vía habitual para afrontar los conflictos.

El 19 de junio de 2026, la delegación vaticana ante la ONU en Nueva York intervino en un «diálogo interactivo» con los copresidentes del Grupo Científico Internacional Independiente sobre IA, creado para elaborar evaluaciones científicas sobre los riesgos e impactos de la IA y sentar las bases para una gobernanza global. La delegación declaró que «evaluar las oportunidades y los riesgos conexos a la inteligencia artificial no significa «obstaculizar el progreso», sino realizar un acto de responsabilidad».

La delegación subrayó que «la tecnología no es nunca neutra. Refleja inevitablemente las prioridades y los presupuestos de quienes la diseñan, la financian, la regulan y la utilizan. Cada sistema incorpora elecciones a través de lo que mide, lo que ignora y lo que optimiza». Por ello, «las consideraciones éticas deben orientar desde el principio los aspectos técnicos, en lugar de ser tratadas como un elemento accesorio o posterior». La delegación manifestó el interés de la Santa Sede en «participar de manera constructiva en los esfuerzos internacionales dirigidos a garantizar que la inteligencia artificial promueva la dignidad humana».

El 8 de julio de 2026, en el marco del AI for Good Global Summit de Ginebra —organizado por la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT) junto con otros organismos de la ONU y copatrocinado por el Gobierno suizo—, la Misión Permanente de la Santa Sede promovió una conversación de alto nivel dedicada a Magnifica Humanitas. El debate, moderado por el arzobispo Ettore Balestrero —Observador Permanente de la Santa Sede ante la Oficina de la ONU en Ginebra—, articuló tres perspectivas complementarias: la ética del desarrollo de la IA (Paolo Carozza, copresidente del Consejo de Supervisión de Meta), la perspectiva empresarial (Artur Kluz, CEO de Kluz Ventures) y las razones de la participación activa de la Santa Sede (mons. Paul Tighe, Secretario del Dicasterio para la Cultura y la Educación y miembro de la Comisión Interdicasterial).

La presencia del Vaticano en el G7 también ha sido significativa. El 25 de mayo de 2026, mientras el G7 se encontraba estancado en las reglas internacionales de la IA y el Congreso de Estados Unidos luchaba por producir una legislación federal orgánica, la Santa Sede rompió el silencio con la encíclica. Los obispos católicos apoyaron los llamamientos de la Santa Sede a favor de «una gobernanza ética de la inteligencia artificial» y de «una particular vigilancia respecto a los usos militares de los sistemas autónomos». En la cumbre de Evian, los líderes del G7 abordaron la IA, y desde el Vaticano se lanzó un llamamiento contundente: «No basta regular la inteligencia artificial, hay que desarmarla y hacerla acogedora».

El precedente de esta presencia lo había establecido el Papa Francisco en junio de 2024, cuando fue invitado a dirigirse a los líderes mundiales en la cumbre del G7 sobre ética de la IA, la primera vez que un Papa recibía esta oportunidad.

La encíclica también aborda la crisis del multilateralismo. Las instituciones creadas para salvaguardar un destino común de los pueblos —en particular la ONU— parecen debilitadas, no solo por limitaciones estructurales, sino porque falta una voluntad compartida de apoyarlas y reformarlas. «La fuerza del derecho internacional es así sustituida por el supuesto «derecho del más fuerte», y sus instrumentos —desde los tribunales competentes en crímenes de guerra hasta los tribunales llamados a resolver las controversias entre estados— son a menudo eludidos o debilitados, con consecuencias devastadoras para la cultura política y la convivencia».

El Papa aboga por un marco internacional que incluya transparencia en los algoritmos y en la toma de decisiones, auditorías independientes y acceso equitativo a los datos, herramientas de apelación para las personas afectadas por decisiones automatizadas, y reglas compartidas para frenar la carrera armamentística tecnológica.

La diplomacia vaticana, sin embargo, no se limita a la presencia en foros internacionales. La encíclica propone un cambio de cultura: «En las relaciones internacionales, el diálogo es el instrumento insustituible de la diplomacia para prevenir los conflictos y restablecer los lazos de confianza. Frente a las comunicaciones impulsivas, las retóricas agresivas y las lógicas de poder que marcan nuestro tiempo, la vocación de la diplomacia es la de favorecer el diálogo con todos, incluidos los interlocutores que se consideran más «incómodos» o que no se estiman legítimos para negociar, utilizando hasta el extremo la humildad y la paciencia para recuperar los más tenues signos de buena voluntad de las partes en conflicto, a fin de iniciar una pacificación».

También el ciberespacio se ha convertido en terreno de enfrentamiento: los ataques informáticos, la manipulación de datos y las campañas de influencia orquestadas con la ayuda de la IA pueden desestabilizar países enteros, incluso antes de que se llegue a un enfrentamiento armado abierto. «En este ámbito, además, la atribución de responsabilidades es a menudo incierta: cuando no está claro quién ha atacado, crece el riesgo de reacciones desproporcionadas, errores de evaluación y espirales de escalada. Por eso hace falta una diplomacia capaz de operar también en este nuevo entorno».

La comparativa con otros actores globales revela las diferencias de enfoque. La Unión Europea ha aprobado el AI Act como el primer marco regulatorio integral del mundo, y en abril de 2026 firmó el Convenio Marco del Consejo de Europa sobre IA, derechos humanos, democracia y Estado de derecho. China ha lanzado en julio de 2026 un organismo internacional con 29 países para influir en las reglas globales de la IA, con el objetivo de crear un orden alternativo. Estados Unidos carece de una estrategia de gobernanza global coherente; la administración Trump ha priorizado la competitividad nacional sobre la cooperación internacional.

El Vaticano, sin poder económico ni militar, aspira a desempeñar un papel de mediador moral y catalizador de conciencias en el debate global sobre la IA. Su autoridad reside en su capacidad para convocar a actores diversos —desde tecnológicas hasta gobiernos, desde religiones hasta organizaciones internacionales— en torno a principios éticos compartidos, como demuestra el Rome Call for AI Ethics con sus más de once religiones representadas y sus signatarios tecnológicos globales.

Armas autónomas y guerra digital: el Vaticano contra la normalización del conflicto

Armas autónomas y guerra digital: el Vaticano contra la normalización del conflicto

La encíclica Magnifica Humanitas dedica un capítulo entero al uso militar de la inteligencia artificial. El Papa León XIV advierte que la IA puede «bajar el umbral del uso de la fuerza» y alimentar una cultura donde «las víctimas quedan reducidas a un dato». El llamamiento es rotundo: «No existe algoritmo que pueda hacer que la guerra sea moralmente aceptable».

El Papa denuncia que la revolución digital está modificando la gramática de los conflictos. A la guerra visible se suman formas híbridas: ataques cibernéticos, manipulación de la información, campañas de influencia y automatización de decisiones estratégicas. La IA entra en estos procesos como factor de aceleración, en un contexto en el que muchas tecnologías son intrínsecamente ambivalentes: lo que nace para proteger puede convertirse rápidamente en ataque, y la frontera entre protección y agresión tiende a difuminarse.

«La IA no libera al conflicto de su intrínseca inhumanidad: sólo puede hacerlo más rápido e impersonal, bajando el umbral del recurso a la violencia y transformando la defensa en previsión operativa, con las víctimas reducidas a datos. Así, nos acostumbra a la idea de que la violencia sea inevitable y sólo deba optimizarse».

El Papa condena el desarrollo de armas completamente autónomas, en las que la decisión de matar se delega en sistemas automatizados. «A veces se habla de «agentes morales artificiales», como si una máquina pudiera garantizar, con mayor coherencia que un ser humano, la distinción entre el bien y el mal. Pero el juicio moral no se puede reducir a un cálculo: implica conciencia, responsabilidad personal y reconocimiento del otro como persona. Por eso no es lícito confiar a sistemas artificiales decisiones letales o, en cualquier caso, irreversibles».

La encíclica exige trazabilidad y rendición de cuentas: para cada sistema empleado en el ámbito bélico deben garantizarse la posibilidad de reconstruir las decisiones, de modo que la responsabilidad no se disuelva «en la máquina». «La cadena de responsabilidades debe seguir siendo identificable y verificable: quienes planifican, entrenan, autorizan y emplean deben poder rendir cuentas de sus decisiones».

El Papa también denuncia la carrera armamentística tecnológica, con contratos multimillonarios de OpenAI, Amazon, Microsoft, Google y Nvidia con el Pentágono, y reclama una legislación internacional para frenarla. «La IA puede potenciar la defensa y la protección de los civiles, pero también puede bajar el umbral del uso de la fuerza, hacer opacas las responsabilidades y alimentar una cultura en la que el enemigo queda reducido a un dato y la víctima a un «daño colateral»».

Pero la denuncia del Papa va más allá de las armas autónomas. La encíclica ofrece un diagnóstico de la cultura del poder que permite la normalización de la guerra. «Hoy asistimos a un verdadero cambio de paradigma en el discurso público y en las decisiones de rearme, con una preocupante rehabilitación de la guerra como instrumento de política internacional, mientras se erosionan precisamente aquellos criterios éticos que habían limitado su uso». Los conflictos regionales que se prolongan en el tiempo, la escalada de tensiones y las amenazas cruzadas se vuelven casi habituales, y resurgen formas de conflicto por la expansión territorial que se creían superadas.

El Papa denuncia la estrecha conexión entre los intereses económicos, los aparatos militares y las decisiones políticas, que genera una «nación armada» en la que la guerra parece casi una prolongación natural de la política. «No podemos ignorar los enormes intereses económicos que están detrás de la guerra. Las industrias armamentísticas y los países que suministran armas se benefician de un mercado que prospera precisamente gracias a los conflictos».

También denuncia la pérdida de la memoria histórica. «La desaparición gradual de los testimonios directos del Holocausto y de las dos guerras mundiales facilita la reescritura selectiva o distorsionada del pasado, en un clima en el que las noticias falsas y las manipulaciones narrativas empañan las lecciones aprendidas».

La encíclica critica el falso «realismo» que se esconde detrás de esta cultura del poder. «Detrás de todo esto se esconde un falso «realismo», basado no sólo en la lógica arraigada de la fuerza, sino también en una convicción cultural y antropológica, como si la guerra fuera inevitablemente parte de la naturaleza humana. Siempre ha sido así —se dice— salvo breves paréntesis, ¡y así será siempre! Por lo tanto, el problema ya no es la paz, perdida como referencia en el horizonte internacional, sino cómo y cuándo actuar militarmente, mientras se sostiene que sería irresponsable no prepararse para el enfrentamiento».

Frente a esta cultura del poder, el Papa propone cinco vías de acción: desarmar las palabras, construir la paz en la justicia, asumir la mirada de las víctimas, cultivar un sano realismo y relanzar el diálogo y el multilateralismo. «Desarmemos las palabras y contribuiremos a desarmar la tierra», escribe el Papa, retomando una expresión de Francisco.

El diálogo es el principal instrumento de la convivencia entre las personas y entre los pueblos. «La vocación de la diplomacia es la de favorecer el diálogo con todos, incluidos los interlocutores que se consideran más «incómodos» o que no se estiman legítimos para negociar». La Santa Sede, a través de su red diplomática, «asume el principio evangélico de la misericordia como criterio concreto de la acción política».

La comparativa con otros actores globales revela la posición única del Vaticano. El Papa Francisco ya había pedido en el G7 de 2024 la prohibición de las armas autónomas; León XIV ha reiterado y profundizado este llamamiento. La Unión Europea ha establecido en el AI Act la prohibición de sistemas de IA que exploten vulnerabilidades, pero no ha prohibido explícitamente las armas autónomas. China está desarrollando activamente sistemas de armas autónomas y ha mostrado poco interés en acuerdos internacionales que limiten su desarrollo. Estados Unidos ha adoptado una postura de ambivalencia: reconoce la necesidad de algún tipo de regulación, pero continúa invirtiendo masivamente en IA militar. Las grandes tecnológicas han tenido posturas divergentes: Anthropic se negó a dar «barra libre» a sus modelos para su uso durante la invasión de Irán; otras empresas, sin embargo, han firmado contratos multimillonarios con el Pentágono.

El Vaticano se sitúa, así como la voz más firme y explícita en la condena del uso militar de la IA y en la exigencia de un control humano efectivo, ofreciendo una visión alternativa a la cultura del poder que normaliza la guerra y la violencia.

Contra el sueño de la inmortalidad digital: el Vaticano y el desafío transhumanista

Contra el sueño de la inmortalidad digital: el Vaticano y el desafío transhumanista

La encíclica Magnifica Humanitas dedica un capítulo entero a desmontar las corrientes transhumanistas y posthumanistas, que interpretan el progreso como una superación del ser humano mediante la tecnología. El Papa León XIV advierte que estas corrientes, aunque en gran parte especulativas, «modifican el imaginario colectivo y orientan las decisiones sociales, económicas y políticas» hacia una concepción deshumanizada de la persona.

El transhumanismo imagina una potenciación del ser humano a través de la biomedicina, la ingeniería del cuerpo, los dispositivos y los algoritmos, con la aspiración de incrementar el rendimiento y las capacidades. El posthumanismo, en sus versiones más radicales, va más allá: critica el antropocentrismo y plantea una forma de hibridación entre el ser humano, la máquina y el ambiente, hasta imaginar que atravesará el umbral en el que la humanidad se superará a sí misma, entrando en una nueva etapa evolutiva.

El Vaticano no rechaza la tecnología en sí misma. «Una cosa es integrar las tecnologías en una visión humana y relacional; otra es dejarse guiar por un imaginario que desprecia el límite y promete una «salvación» puramente técnica». El punto crítico, a la luz de la Doctrina Social de la Iglesia, no es el uso de la técnica en cuanto tal, sino la visión que allí subyace: si el ser humano es tratado como materia para ser perfeccionada o superada, entonces se vuelve más fácil aceptar que algunos sean considerados menos útiles, menos deseables, menos dignos. «En nombre del progreso se puede llegar a pensar en «sacrificios necesarios», y hacer pagar a los más vulnerables el precio de una presunta optimización de la especie».

Frente a estas visiones, el Vaticano propone conservar la tensión constitutiva de la experiencia humana —cuerpo y espíritu, varón y mujer, individuo y comunidad, finitud e infinito— y su orientación a Cristo. «El humanismo cristiano no rechaza la ciencia ni la técnica, sino que las asume con gratitud y realismo, y las sitúa «con los pies en la tierra» dentro de una vocación más alta».

La encíclica subraya que el ser humano no florece a pesar del límite, sino a menudo a través del límite. «Hoy nuestra relación con la vida parece estar en crisis. Todo lo que representa un «límite» —incapacidad, enfermedad, ancianidad, sufrimiento, vulnerabilidad— tiende a ser leído principalmente como un defecto que hay que corregir, más que como un espacio en el que el ser humano madura y se abre a la relación. En cambio, debemos recordar que el ser humano no florece a pesar del límite, sino a menudo a través del límite».

Es precisamente en nuestro ser limitados donde encuentran lugar la compasión, la sincera preocupación ante las necesidades de los demás, la generosidad que sorprende incluso en medio de la oscuridad y el fracaso, la experiencia espiritual y la adoración a Dios. «Cuando recibimos un rechazo, cuando sufrimos a causa de la enfermedad o la muerte de una persona amada, cuando experimentamos la incapacidad o el error, misteriosamente, es en estos casos que podemos encontrar una nueva sabiduría, palpar el afecto de las personas y experimentar la presencia del Señor».

El Papa cita a Viktor Frankl, quien en los momentos de horror comprendió que «el hombre es ese ser capaz de inventar las cámaras de gas de Auschwitz, pero también es el ser que ha entrado en esas mismas cámaras con la cabeza erguida y el Padrenuestro o el Shemá Israel en los labios». La finitud, cuando se acoge en la verdad, no empobrece al ser humano, sino que lo abre al reconocimiento del rostro de Dios y del otro.

La alternativa al transhumanismo no es un rechazo del progreso, sino una comprensión diferente de lo que significa ser «más que humano». La tradición cristiana afirma que el ser humano no está encerrado en los límites de la propia naturaleza, sino que está llamado a trascenderse a sí mismo; no para huir de la realidad o despreciar el límite, sino para realizarse en el amor. Esta transformación es obra del Espíritu Santo. Como enseñaba santo Tomás de Aquino, este proceso de elevación y transformación «sobrepasa la capacidad de la naturaleza humana», porque hay una distancia infinita entre nuestra naturaleza y la vida de Dios. Sin embargo, es posible ser introducidos en el seno de esa vida inextinguible, incluso mientras caminamos entre los límites de este mundo.

«Cuando aceptamos esta posibilidad de trascendernos a nosotros mismos con la gracia de Dios no renegamos de nosotros mismos, no nos volvemos menos humanos. Por el contrario, llegamos a ser plenamente humanos cuando somos más que humanos, cuando le permitimos a Dios que nos lleve más allá de nosotros mismos para alcanzar nuestro ser más verdadero», escribe el Papa, retomando una enseñanza de Francisco.

Aquí se encuentra la diferencia radical respecto a los sueños prometeicos: lo que salva lo humano no es la autosuficiencia potenciada, sino una relación que libera, una comunión que transforma. «Para un algoritmo, el error es algo que hay que corregir; para una persona, puede ser el inicio de un cambio profundo. El futuro de una persona no es calculable, sino que está confiado a su libertad —elevada por la inagotable gracia divina— y a las relaciones que cultiva».

El Vaticano se sitúa, así como la única voz institucional global que articula una crítica antropológica fundamentada contra el transhumanismo y el posthumanismo, ofreciendo una alternativa basada en la tradición cristiana de la persona como criatura llamada a la comunión. En un mundo donde las grandes tecnológicas —desde Google hasta Tesla— invierten miles de millones en proyectos de «mejora humana» y «vida extendida», la voz del Papa recuerda que la verdadera grandeza del ser humano no está en su capacidad técnica, sino en su capacidad de amar.

Una arquitectura institucional para la era digital: la Comisión Interdicasterial y el Rome Call

Una arquitectura institucional para la era digital: la Comisión Interdicasterial y el Rome Call

La encíclica Magnifica Humanitas no es el único hito del Vaticano en su aproximación a la inteligencia artificial. Antes y después del documento, la Santa Sede ha venido construyendo una arquitectura institucional que permite traducir los principios éticos en acciones concretas y coordinadas. Esta arquitectura tiene dos pilares fundamentales: el Rome Call for AI Ethics y la recién creada Comisión Interdicasterial sobre Inteligencia Artificial.

El Rome Call for AI Ethics es un documento concebido y promovido por la Pontificia Academia para la Vida, y posteriormente por la RenAIssance Foundation —una fundación establecida por el Papa Francisco el 12 de abril de 2021 con personalidad jurídica canónica pública, con sede en el Estado de la Ciudad del Vaticano—. La idea detrás del Rome Call es fomentar un sentido de responsabilidad compartida entre organizaciones internacionales, gobiernos, instituciones y el sector privado para crear un futuro en el que cada individuo pueda beneficiarse de los avances tecnológicos, y en el que el progreso tecnológico garantice que se respete la dignidad de cada persona y de nuestra casa común. Al invertir en una nueva «algorethics» —la ética en el diseño de los algoritmos—, los signatarios se comprometen a seguir principios de transparencia, inclusión, responsabilidad, imparcialidad, fiabilidad, seguridad y privacidad.

El documento fue firmado por primera vez el 28 de febrero de 2020. Desde entonces, se han sumado actores tecnológicos globales de primer nivel. Microsoft e IBM fueron los primeros signatarios industriales. Cisco firmó el 28 de mayo de 2026; su presidente y CEO, Chuck Robbins, declaró: «La IA está cambiando fundamentalmente nuestro mundo —presentando vastas oportunidades, pero también nuevos desafíos. […] Los principios del Rome Call se alinean con la creencia fundamental de Cisco de que la tecnología debe construirse sobre una base de confianza al más alto nivel para poder impulsar un futuro inclusivo para todos». Qualcomm se unió en junio de 2025; su presidente y CEO, Cristiano Amon, afirmó: «Qualcomm se siente honrado de unirse al Rome Call for AI Ethics, reforzando nuestro compromiso de desarrollar tecnologías de IA fiables y seguras que contribuyan al desarrollo humano y al bien común».

El arzobispo Vincenzo Paglia, presidente de la Pontificia Academia para la Vida y de la RenAIssance Foundation, ha subrayado: «Cuando en 2020, por primera vez, propusimos a la atención del mundo la necesidad y urgencia de un llamamiento a la algorethics, comprendimos inmediatamente que el momento era propicio».

Pero el Rome Call no es solo un documento para la industria tecnológica. El 10 de enero de 2023, en el Vaticano, se celebró el evento «AI Ethics: an Abrahamic commitment to the Rome Call» , que reunió a representantes religiosos de las tres religiones abrahámicas. Firmaron el documento el rabino Eliezer Simcha Weiss, miembro del Consejo del Gran Rabinato de Israel, y el sheij Al Mahfoudh bin Bayyah, secretario general del Foro de Paz de Abu Dhabi. El arzobispo Paglia declaró entonces: «Nos hemos reunido con nuestros hermanos judíos y musulmanes en un evento de gran importancia para llamar al mundo a pensar y actuar en nombre de la fraternidad y la paz —incluso en el campo de la tecnología».

El 9 y 10 de julio de 2024, en el Parque Conmemorativo de la Paz de Hiroshima, se celebró el evento histórico «AI Ethics for Peace» . Once religiones del mundo —cristianismo, judaísmo, islam, budismo, hinduismo, zoroastrismo, fe bahá’í y otras—, dieciséis nuevos signatarios, trece naciones representadas y más de 150 participantes se dieron cita en el evocador escenario de Hiroshima. El Papa Francisco saludó el evento con un mensaje en el que afirmaba: «Reconocer la contribución de las riquezas culturales de los pueblos y las religiones en la regulación de la inteligencia artificial es clave para el éxito de su compromiso con la gestión sabia de la innovación tecnológica».

El segundo pilar de la arquitectura institucional vaticana es la Comisión Interdicasterial sobre Inteligencia Artificial, creada el 16 de mayo de 2026 mediante un Rescriptum ex Audientia Sanctissimi del Papa León XIV. La decisión fue adoptada tras considerar tres factores: «el desarrollo en las últimas décadas del fenómeno de la inteligencia artificial y las aceleraciones más recientes en su uso generalizado; sus efectos potenciales sobre el ser humano y sobre la humanidad en su conjunto; y la preocupación de la Iglesia por la dignidad de todo ser humano, especialmente en relación con su desarrollo integral».

La Comisión está compuesta por representantes de siete instituciones vaticanas: el Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral (que actúa como coordinador durante el primer año), el Dicasterio para la Doctrina de la Fe, el Dicasterio para la Cultura y la Educación, el Dicasterio para la Comunicación, la Pontificia Academia para la Vida, la Pontificia Academia de las Ciencias y la Pontificia Academia de las Ciencias Sociales. El coordinamiento se otorga «por un año, eventualmente renovable», y «en lo sucesivo, el Romano Pontífice confiará el coordinamiento a una de las Instituciones participantes, siempre por el período de un año». Este sistema de coordinación rotatoria garantiza que las distintas perspectivas —doctrinal, cultural, comunicativa, académica— tengan un peso equilibrado en el tiempo.

Según el rescripto, «corresponde a la institución coordinadora facilitar la colaboración y el intercambio entre los miembros del grupo de información relativa a las actividades y proyectos relacionados con la Inteligencia Artificial, incluidas las políticas de su uso dentro de la Santa Sede, promoviendo el diálogo, la comunión y la participación».

El cardenal Michael Czerny S.J., prefecto del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, calificó la institución como «un verdadero signo de esperanza, destinado a ayudar a la Curia Romana a afrontar los desafíos de la Inteligencia Artificial, tanto a nivel interno como para toda la Iglesia y el mundo entero». Recordó que la Constitución Apostólica Praedicate Evangelium exhorta a estudiar «los problemas más graves del tiempo actual, con el fin de promover la acción pastoral de la Iglesia de manera más adecuada, coordinada y eficaz».

La creación de esta comisión supone un hito institucional. Durante más de una década, diversos oficios de la Curia Romana y distintas academias pontificias habían abordado aspectos específicos de la IA en conferencias y textos, pero la atención del Vaticano al tema nunca había sido coordinada oficialmente. Con este decreto, el Papa León XIV ha dado el importante paso de coordinar estos diversos esfuerzos e integrarlos bajo una única comisión interdicasterial.

La Comisión tiene ante sí un ambicioso programa de trabajo. Durante su primer año deberá facilitar el intercambio de información entre las distintas instituciones vaticanas sobre actividades y proyectos relacionados con la IA, desarrollar políticas para el uso de la IA dentro de la Santa Sede, y promover el diálogo, la comunión y la participación entre los distintos actores eclesiales y con la sociedad.

El Rome Call y la Comisión Interdicasterial son, pues, las dos caras de la misma moneda: una iniciativa de diálogo con el mundo exterior y un instrumento de coordinación interna. Juntos, constituyen la respuesta institucional del Vaticano a los desafíos planteados por la IA, una respuesta que combina la autoridad moral de la tradición cristiana con la capacidad de convocar a actores diversos en torno a principios éticos compartidos.

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