La encíclica Magnifica Humanitas dedica un capítulo entero a desmontar las corrientes transhumanistas y posthumanistas, que interpretan el progreso como una superación del ser humano mediante la tecnología. El Papa León XIV advierte que estas corrientes, aunque en gran parte especulativas, «modifican el imaginario colectivo y orientan las decisiones sociales, económicas y políticas» hacia una concepción deshumanizada de la persona.
El transhumanismo imagina una potenciación del ser humano a través de la biomedicina, la ingeniería del cuerpo, los dispositivos y los algoritmos, con la aspiración de incrementar el rendimiento y las capacidades. El posthumanismo, en sus versiones más radicales, va más allá: critica el antropocentrismo y plantea una forma de hibridación entre el ser humano, la máquina y el ambiente, hasta imaginar que atravesará el umbral en el que la humanidad se superará a sí misma, entrando en una nueva etapa evolutiva.
El Vaticano no rechaza la tecnología en sí misma. «Una cosa es integrar las tecnologías en una visión humana y relacional; otra es dejarse guiar por un imaginario que desprecia el límite y promete una «salvación» puramente técnica». El punto crítico, a la luz de la Doctrina Social de la Iglesia, no es el uso de la técnica en cuanto tal, sino la visión que allí subyace: si el ser humano es tratado como materia para ser perfeccionada o superada, entonces se vuelve más fácil aceptar que algunos sean considerados menos útiles, menos deseables, menos dignos. «En nombre del progreso se puede llegar a pensar en «sacrificios necesarios», y hacer pagar a los más vulnerables el precio de una presunta optimización de la especie».
Frente a estas visiones, el Vaticano propone conservar la tensión constitutiva de la experiencia humana —cuerpo y espíritu, varón y mujer, individuo y comunidad, finitud e infinito— y su orientación a Cristo. «El humanismo cristiano no rechaza la ciencia ni la técnica, sino que las asume con gratitud y realismo, y las sitúa «con los pies en la tierra» dentro de una vocación más alta».
La encíclica subraya que el ser humano no florece a pesar del límite, sino a menudo a través del límite. «Hoy nuestra relación con la vida parece estar en crisis. Todo lo que representa un «límite» —incapacidad, enfermedad, ancianidad, sufrimiento, vulnerabilidad— tiende a ser leído principalmente como un defecto que hay que corregir, más que como un espacio en el que el ser humano madura y se abre a la relación. En cambio, debemos recordar que el ser humano no florece a pesar del límite, sino a menudo a través del límite».
Es precisamente en nuestro ser limitados donde encuentran lugar la compasión, la sincera preocupación ante las necesidades de los demás, la generosidad que sorprende incluso en medio de la oscuridad y el fracaso, la experiencia espiritual y la adoración a Dios. «Cuando recibimos un rechazo, cuando sufrimos a causa de la enfermedad o la muerte de una persona amada, cuando experimentamos la incapacidad o el error, misteriosamente, es en estos casos que podemos encontrar una nueva sabiduría, palpar el afecto de las personas y experimentar la presencia del Señor».
El Papa cita a Viktor Frankl, quien en los momentos de horror comprendió que «el hombre es ese ser capaz de inventar las cámaras de gas de Auschwitz, pero también es el ser que ha entrado en esas mismas cámaras con la cabeza erguida y el Padrenuestro o el Shemá Israel en los labios». La finitud, cuando se acoge en la verdad, no empobrece al ser humano, sino que lo abre al reconocimiento del rostro de Dios y del otro.
La alternativa al transhumanismo no es un rechazo del progreso, sino una comprensión diferente de lo que significa ser «más que humano». La tradición cristiana afirma que el ser humano no está encerrado en los límites de la propia naturaleza, sino que está llamado a trascenderse a sí mismo; no para huir de la realidad o despreciar el límite, sino para realizarse en el amor. Esta transformación es obra del Espíritu Santo. Como enseñaba santo Tomás de Aquino, este proceso de elevación y transformación «sobrepasa la capacidad de la naturaleza humana», porque hay una distancia infinita entre nuestra naturaleza y la vida de Dios. Sin embargo, es posible ser introducidos en el seno de esa vida inextinguible, incluso mientras caminamos entre los límites de este mundo.
«Cuando aceptamos esta posibilidad de trascendernos a nosotros mismos con la gracia de Dios no renegamos de nosotros mismos, no nos volvemos menos humanos. Por el contrario, llegamos a ser plenamente humanos cuando somos más que humanos, cuando le permitimos a Dios que nos lleve más allá de nosotros mismos para alcanzar nuestro ser más verdadero», escribe el Papa, retomando una enseñanza de Francisco.
Aquí se encuentra la diferencia radical respecto a los sueños prometeicos: lo que salva lo humano no es la autosuficiencia potenciada, sino una relación que libera, una comunión que transforma. «Para un algoritmo, el error es algo que hay que corregir; para una persona, puede ser el inicio de un cambio profundo. El futuro de una persona no es calculable, sino que está confiado a su libertad —elevada por la inagotable gracia divina— y a las relaciones que cultiva».
El Vaticano se sitúa, así como la única voz institucional global que articula una crítica antropológica fundamentada contra el transhumanismo y el posthumanismo, ofreciendo una alternativa basada en la tradición cristiana de la persona como criatura llamada a la comunión. En un mundo donde las grandes tecnológicas —desde Google hasta Tesla— invierten miles de millones en proyectos de «mejora humana» y «vida extendida», la voz del Papa recuerda que la verdadera grandeza del ser humano no está en su capacidad técnica, sino en su capacidad de amar.





0 comentarios