La encíclica Magnifica Humanitas dedica un capítulo entero al uso militar de la inteligencia artificial. El Papa León XIV advierte que la IA puede «bajar el umbral del uso de la fuerza» y alimentar una cultura donde «las víctimas quedan reducidas a un dato». El llamamiento es rotundo: «No existe algoritmo que pueda hacer que la guerra sea moralmente aceptable».
El Papa denuncia que la revolución digital está modificando la gramática de los conflictos. A la guerra visible se suman formas híbridas: ataques cibernéticos, manipulación de la información, campañas de influencia y automatización de decisiones estratégicas. La IA entra en estos procesos como factor de aceleración, en un contexto en el que muchas tecnologías son intrínsecamente ambivalentes: lo que nace para proteger puede convertirse rápidamente en ataque, y la frontera entre protección y agresión tiende a difuminarse.
«La IA no libera al conflicto de su intrínseca inhumanidad: sólo puede hacerlo más rápido e impersonal, bajando el umbral del recurso a la violencia y transformando la defensa en previsión operativa, con las víctimas reducidas a datos. Así, nos acostumbra a la idea de que la violencia sea inevitable y sólo deba optimizarse».
El Papa condena el desarrollo de armas completamente autónomas, en las que la decisión de matar se delega en sistemas automatizados. «A veces se habla de «agentes morales artificiales», como si una máquina pudiera garantizar, con mayor coherencia que un ser humano, la distinción entre el bien y el mal. Pero el juicio moral no se puede reducir a un cálculo: implica conciencia, responsabilidad personal y reconocimiento del otro como persona. Por eso no es lícito confiar a sistemas artificiales decisiones letales o, en cualquier caso, irreversibles».
La encíclica exige trazabilidad y rendición de cuentas: para cada sistema empleado en el ámbito bélico deben garantizarse la posibilidad de reconstruir las decisiones, de modo que la responsabilidad no se disuelva «en la máquina». «La cadena de responsabilidades debe seguir siendo identificable y verificable: quienes planifican, entrenan, autorizan y emplean deben poder rendir cuentas de sus decisiones».
El Papa también denuncia la carrera armamentística tecnológica, con contratos multimillonarios de OpenAI, Amazon, Microsoft, Google y Nvidia con el Pentágono, y reclama una legislación internacional para frenarla. «La IA puede potenciar la defensa y la protección de los civiles, pero también puede bajar el umbral del uso de la fuerza, hacer opacas las responsabilidades y alimentar una cultura en la que el enemigo queda reducido a un dato y la víctima a un «daño colateral»».
Pero la denuncia del Papa va más allá de las armas autónomas. La encíclica ofrece un diagnóstico de la cultura del poder que permite la normalización de la guerra. «Hoy asistimos a un verdadero cambio de paradigma en el discurso público y en las decisiones de rearme, con una preocupante rehabilitación de la guerra como instrumento de política internacional, mientras se erosionan precisamente aquellos criterios éticos que habían limitado su uso». Los conflictos regionales que se prolongan en el tiempo, la escalada de tensiones y las amenazas cruzadas se vuelven casi habituales, y resurgen formas de conflicto por la expansión territorial que se creían superadas.
El Papa denuncia la estrecha conexión entre los intereses económicos, los aparatos militares y las decisiones políticas, que genera una «nación armada» en la que la guerra parece casi una prolongación natural de la política. «No podemos ignorar los enormes intereses económicos que están detrás de la guerra. Las industrias armamentísticas y los países que suministran armas se benefician de un mercado que prospera precisamente gracias a los conflictos».
También denuncia la pérdida de la memoria histórica. «La desaparición gradual de los testimonios directos del Holocausto y de las dos guerras mundiales facilita la reescritura selectiva o distorsionada del pasado, en un clima en el que las noticias falsas y las manipulaciones narrativas empañan las lecciones aprendidas».
La encíclica critica el falso «realismo» que se esconde detrás de esta cultura del poder. «Detrás de todo esto se esconde un falso «realismo», basado no sólo en la lógica arraigada de la fuerza, sino también en una convicción cultural y antropológica, como si la guerra fuera inevitablemente parte de la naturaleza humana. Siempre ha sido así —se dice— salvo breves paréntesis, ¡y así será siempre! Por lo tanto, el problema ya no es la paz, perdida como referencia en el horizonte internacional, sino cómo y cuándo actuar militarmente, mientras se sostiene que sería irresponsable no prepararse para el enfrentamiento».
Frente a esta cultura del poder, el Papa propone cinco vías de acción: desarmar las palabras, construir la paz en la justicia, asumir la mirada de las víctimas, cultivar un sano realismo y relanzar el diálogo y el multilateralismo. «Desarmemos las palabras y contribuiremos a desarmar la tierra», escribe el Papa, retomando una expresión de Francisco.
El diálogo es el principal instrumento de la convivencia entre las personas y entre los pueblos. «La vocación de la diplomacia es la de favorecer el diálogo con todos, incluidos los interlocutores que se consideran más «incómodos» o que no se estiman legítimos para negociar». La Santa Sede, a través de su red diplomática, «asume el principio evangélico de la misericordia como criterio concreto de la acción política».
La comparativa con otros actores globales revela la posición única del Vaticano. El Papa Francisco ya había pedido en el G7 de 2024 la prohibición de las armas autónomas; León XIV ha reiterado y profundizado este llamamiento. La Unión Europea ha establecido en el AI Act la prohibición de sistemas de IA que exploten vulnerabilidades, pero no ha prohibido explícitamente las armas autónomas. China está desarrollando activamente sistemas de armas autónomas y ha mostrado poco interés en acuerdos internacionales que limiten su desarrollo. Estados Unidos ha adoptado una postura de ambivalencia: reconoce la necesidad de algún tipo de regulación, pero continúa invirtiendo masivamente en IA militar. Las grandes tecnológicas han tenido posturas divergentes: Anthropic se negó a dar «barra libre» a sus modelos para su uso durante la invasión de Irán; otras empresas, sin embargo, han firmado contratos multimillonarios con el Pentágono.
El Vaticano se sitúa, así como la voz más firme y explícita en la condena del uso militar de la IA y en la exigencia de un control humano efectivo, ofreciendo una visión alternativa a la cultura del poder que normaliza la guerra y la violencia.





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